El deseo sexual consciente es un mecanismo biológico primario, no indispensable para la supervivencia de un individuo pero sí para la de una sociedad, que nos impulsa a tener relaciones sexuales, las cuales han sido diseñadas por la evolución para reproducirnos y perpetuar la especie. Es también un mecanismo que ayuda a establecer vínculos afectivos y a reducir tensiones entre personas o grupos y, a nivel individual, un recurso que canaliza conflictos y necesidades emocionales, creativas, físicas y mentales.
Dado que desde hace unas décadas tenemos los medios para evitar o controlar la fecundación, se ha potenciado la vertiente cultural de la sexualidad, de modo que ésta se vive cada vez más como un medio para la desinhibición ante el estrés y las presiones sociales cotidianas, la experimentación del placer ligado a la creatividad y al juego, y la búsqueda de la necesaria intimidad. Este uso cultural está tan extendido, que el deseo sexual ya no es sólo un fenómeno biológico, sino también una percepción mental moldeada por el entorno social y, como tal, potencialmente sujeta a confusión, represión y manipulación, o bien objeto o vehículo de liberación, subversión, adicción, presión y ansiedad por rendimiento. Ya no funcionamos tanto por el deseo sexual en sí, sino por el deseo del deseo sexual, por el "se supone que", y esta percepción condicionada explica que:
• Lo que desean hombres y mujeres a menudo sea tan diferente, difícil de conciliar y conduzca a frustraciones, sobre todo porque esperan experimentarlo en el mismo momento, por ejemplo ellos más sexo oral o coital, y ellas más juego previo o estímulo clitorial.
• Todavía muchas mujeres, incluso con un nivel laboral y sociocultural alto, tengan una orientación de placer pasivo, desconozcan las respuestas eróticas de su propio cuerpo, su clítoris, o se incomoden con la masturbación, y esperen que el hombre las excite ("se supone que él ya sabrá").
• Una persona llegue a creer que su deseo sexual no es normal, no en referencia a su vida real, sino porque le parece que sus amistades o allegados lo experimentan en distinto grado. Se convierte en un auténtico problema, originado no tanto por dificultades reales de la intimidad relacional como por influencias o presiones sociales (incluyendo pareja y padres).
• Se den muchas relaciones de pareja insanas (con sus luchas de poder, sensaciones de no ser respetado ni escuchado por el cónyuge, y más tarde rencores e ira) porque, en sus inicios, la manera de ver a la otra persona se regía no por el conocimiento mútuo sino por el deseo sexual, guiado éste a su vez por la fantasía. Al descender el interés sexual, esta falta de deseo es utilizada frecuentemente por la persona que se siente menos poderosa, como arma para intentar imponerse sobre la otra. Es un error, pues el sexo nunca es necesario para construir lo que ahí falta, que es intimidad emocional.
• El efecto placebo (autosugestión) funcione en problemas de deseo sexual. Un experimento monitoreó a mujeres que se quejaban de falta de deseo y de excitación, haciéndoles ver un film erótico, tras lo cual se les mintió asegurándoles que se había registrado un aumento del flujo sanguíneo en sus vaginas. Pruebas posteriores revelaron que su flujo sanguíneo se igualó al de mujeres sin estos problemas, y que su respuesta sexual mejoró.
En la fisiología del deseo sexual vemos que los centros cerebrales que lo desencadenan son los mismos que se activan al consumir cualquier droga. Se deduce por tanto que, al menos fisiológicamente, el grado de deseo sexual depende de su "consumo", es decir a más relaciones sexuales (satisfactorias) mayor deseo. Vemos también que el deseo actúa antes que la excitación, y que se desencadena al querer algo, soñarlo, iniciarlo, recibirlo o pensarlo; por tanto, cuantos más momentos del día dedicados a fantasías o ensoñaciones eróticas, o cuanto más interactuemos con la pareja a nivel sensual, táctil o afectivo, mayor será la predisposición cerebral para el despliegue del deseo y la práctica sexual.
La ausencia o disminución del deseo, el principal problema en más del 50% de consultorios sexológicos, y que afecta al 15% de hombres y al 35% de mujeres, consiste en la falta de tensión sexual, o desinterés hacia las relaciones sexuales en uno de los miembros de la pareja y respecto a la otra persona, aunque la afectada sigue teniendo pulsiones sexuales e incluso capacidad orgásmica, expresables por ejemplo en fantasías/ensoñaciones sexuales o masturbación. No significa, pues, pérdida de impulsos sexuales, aunque la persona llegue a aparentarlo tras un proceso de autocondicionamiento. Es decir, ausencia de deseo no equivale a pérdida de deseo. Dado que la pulsión sexual autónoma permanece siempre intacta (a menudo la capacidad y frecuencia masturbatoria y orgásmica es la misma que en parejas sexualmente satisfechas), el problema se ciñe exclusivamente a la interacción sexual con la pareja. Es un error, por tanto, señalar a la persona afectada juzgándola como poco voluptuosa o poco sexual.